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Mi sonrisa no embauca al reloj y las horas se convierten en minutos. Las siete de la noche era el nombre de mis límites; del colegio a casa, eran las palabras de mis padres. Pero la gélida brisa se erizaba en mi piel y tu calor se liquidaba en aquella tarde.
El colectivo insistía en mi parada, sus egocéntricas frenadas revolucionaban las hojas secas del cordón, mientras desvergonzaba mi falda escosesamente colegial, pero tus ojos no pervertían la postura.
Unas palabras frustradas que atinaban a convertirse en conversación, ahogadas en inseguridad, nos colapsaban los oídos, al compás de las blasfemias de una bocina de un auto urbanizado. Sin embargo nuestros latidos aullaban con irreprimibles latidos, inmensidades que se avergonzaban ante la vergüenza.
Carpetas en mano, mochilas respaldadas, maniobras torpes, ardores que se remojan en la postura y tus manos manchadas con fibras (naranjas y azules) queriéndote obedecer.
Las 6, con aspiraciones de 7, y un colectivo que abordar avistándose en la esquina. El sudor como cuenta gotas, el momento nos amordazaba nuestros curtidos labios. Y entonces llegó, un beso con ceño, que no se encontraba jamás en donde yo lo pretendía, pero se hizo valer, lo suficiente como para costearme el boleto de vuelta a casa.
(Truquito de mono) ♥

